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07 noviembre 2007

V11

Ventana sobre el horizonte

Y de nuevo, Galeano:


Ventana sobre el tiempo

En Cajamarca, enero es tiempo de tejer.
En febrero aparecen las flores delicadas y las fajas coloridas. Los ríos suenan, hay carnaval.
En marzo ocurre la parición de las vacas y las papas.
En abril, tiempo de silencio, crecen los granos del maíz.
En mayo, se cosecha.
En los secos días de junio, se prepara la tierra nueva.
Hay fiesta en julio, y hay bodas, y los abrojos* del Diablo asoman en los surcos.
Agosto, cielo rojo, es tiempo de vientos y de pestes.
En luna madura, no en luna verde, se siembra en setiembre.
Octubre suplica a Dios que suelte las lluvias.
En noviembre, mandan los muertos.
En diciembre la vida celebra.


Eduardo Galeano, Las Palabras Andantes.



Nada dice Galeano, nada dice la leyenda del tiempo de los ladrillos, el cemento y el hormigón.
Braojos de la Sierra, pueblo de unos 160 habitantes, habrá de enfrentarse a un plan de reordenación urbana, que depende cómo se lleve a cabo, respetará los tiempos de la naturaleza o no.
Se propone un crecimiento de unas 300 nuevas viviendas. Como siempre, la construcción se antepone a los servicios. Como siempre, la casa por el tejado. Como siempre, la leyenda, el sueño, los anhelos, se quiebran por la realidad.

¿Será así el paisaje de Braojos, de aquí a unos años, será así el horizonte de la Sierra?



Braojos, panorámica, Amg 28/10/07.

Abrojo según la RAE

*Abrojo: (del latín apĕri ocŭlum, ¡abre el ojo!)
1. m. Planta de la familia de las Cigofiláceas, de tallos largos y rastreros, hojas compuestas y fruto casi esférico y armado de muchas y fuertes púas. Es perjudicial a los sembrados.
2. m. Fruto de esta planta.
3. m. Cardo estrellado.

Origen del nombre de Braojos, en http://www.madridpedia.com/

El origen del nombre de Braojos puede tener un origen celta, significando el prefijo "bra", "broza de árboles".
Sin embargo, Javier Dotú en su 'Origen y significado de los nombres de los pueblos de la Comunidad de Madrid' (Madrid, 1994) se inclina por la procedencia latina, de 'apĕri ocŭlum', abre el ojo, que da lugar al nombre de 'abrojo', un cardo estrellado muy perjudicial para los sembrados.
Por la numerosa cantidad de esta planta de la familia de las Cigofiláceas, de tallos largos y rastreros, hojas compuestas y fruto casi esférico y armado de muchas y fuertes púas, se llamó 'Abrojos' y de ahí 'Braojos'.

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17 abril 2007

V5

Ventana sobre una mañana cualquiera


Un viaje diferente

Una mañana del mes de noviembre, de un día que ni se recordaría si no fuera por lo ocurrido, porque antes de que ocurriera lo que ocurrió, era como cualquier otro, ni más ni menos sobresaliente, los apretujados pasajeros madrileños de un vagón de metro de la línea 7 dirección PITIS, a eso de las ocho y media de la mañana, comenzaron a percatarse de algo sorprendente, inesperado, inexplicable, absurdo, tan desconcertante como ver cruzar una vaca por el Paseo de la Castellana, como toparse con una jirafa en la puerta del Museo del Prado.


Los viajeros se fueron dando cuenta poco a poco. Algunos luchaban por agarrarse a las barras, otros ya agarrados, intentaban abrir los enormes periódicos sin sacarle un ojo al vecino. Había incluso gente leyendo libros, fíjense, la plebe concentrada en sus novelas, metida hasta el tuétano en las peripecias de sus protagonistas, sin saber lo que en sus propias carnes iba a vivir.


Uno de los pasajeros, que con su brazo izquierdo trataba de sujetar su abrigo, su bufanda, su carpeta de estudiante de tres kilos y medio, y además, agarrarse a una barra del tren, mientras, con la mano derecha sostenía un libraco de ochocientas páginas y tapas duras que contaba no se sabe que historieta, de repente, oyó una risita muy cercana, casi susurrada, y… perdida ya la lectura, levantó la cabeza y vio dibujada en el rostro de una viajera una sonrisa inocente, cuyo origen desconocía.

¿De qué se reirá?, pensaba el pasajero cargado, que volvió a su libro, y… de nuevo, una carcajada. Levanta la mirada y advierte hacia dónde se dirigen los ojos de la viajera, hacia arriba; la imita y al fin lo descubre, lo ve, se da cuenta de todo, del porqué de la sonrisa de la viajera y del revuelo de los demás.

Lo que ocurría era que un pajarillo perdido y desorientado se había colado en el vagón, un pajarillo que revoloteaba y píaba sobre las cabezas de todos, volaba de aquí para allá, sin saber que hacer, posándose en las barras, saludando, sorprendiendo a todos, que esa mañana cambiaron la cara y sonrieron al acontecimiento, y salieron del vagón pensando cómo habría llegado hasta el subsuelo el pobre pajarillo, si su lugar era el cielo, si conseguiría escapar o no…, pero pensando al fin, que habían tenido un viaje diferente, una anécdota absurda que contar una mañana, que de no ser por el pájaro, habría sido como otra cualquiera.

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